Entre locos no nos vemos.
Algunas veces --¡Mira ese loco! -- y mientras nos escondemos en habla, se asoma y surge este grito; sin darnos cuenta al salir de esa extraña vaguedad del pensamiento, de nosotros mismos, se encuentra buscando un camino de regreso que nos separe, cada vez más, de aquella lejana locución donde sólo cohabitamos un tiempo. Este encuentro de forma sugerente, raro y expresivo, aparece insospechado en nuestra mirada, en esa otra figura delineada que nos señala pretendidamente tan ausentes.
De igual manera, al hacernos imaginar que lograremos aislarlo de nosotros mismos con una simple mirada, sin darnos cuenta que la mayoría de las veces, aún sean retóricas, ya hemos dado ``el primer paso´´ y, solamente nos hacía falta salir un poco más allá de su punto mudo, de la forma habitual que nos contiene, jamás alcanzaríamos llegar a significado alguno en la aventura de su encuentro, hacia ese afuera o algún adentro, porque él habla, y habla también para sí, de nosotros mismos, de esa estructura mentaloide que nos enmarca y, desenfrenadamente ha intentado abarcarnos.
Así mismo radica en ello, este acto hablado o escrito; parece ser un vehículo en movimiento, una disipación de la palabra, que tal vez, sólo sea un acto de la distracción de la conciencia o de su ´´encuentro´´, una lectura subjetiva de la realidad que me rodea pero, sostenido en ella percusiona la existencia de esa otra alteridad donde se fuga la mente. Este sustento de la razón, como todo acto en movimiento, siempre ha de pretender figurarse dentro del equilibrio, y en algún momento, sin haber dado más que un sólo paso, asomarse hacia un sistemático despegue de la conciencia impulsada por su propio reflejo, hasta entonces inconsciente de su manera misma y volátil de ser, sin pernoctar alguna vez por su propio mundo, permanentemente estático en su invisible y táctil ausencia.
Ya sujetos, de las luces hacia las profundidades, parte del ser y de la cegadora oscuridad del universo psíquico de la palabra, aterrizados en esta otra dimensión siempre como acción angular del espacio-tiempo donde, a cada palabra le pretende un espacio comprendido, y en cada comprensión la acción de un tiempo, la mirada frente a la locura a la cual reaccionan estas palabras, y que tal vez se señala en ella misma, tal vez contaba Cervantes: --Caminando nuestro flamante aventurero, iba, hablando consigo mismo y diciendo…--, cuando al instante mismo dice su ingenio en otro lugar: --¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a la luz verdadera la historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribe no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?--, que la captación y retrato de esta dualidad lleven por si mismos a la visualizasión de ese ángulo no imaginario del que hablo, a diferentes planos en los cuales pueda ser visto y sugerido como acción --en uno mismo-- del encuentro, hacia un afuera de él o de este mismo lado, y sea esta imagen el eco de esa voz tan lejana y familiar, ya que alguna vez le hemos hecho al loco, por no descartar que somos o que alguna vez hemos estado en contacto intimo con alguno. Esta reacción siempre emanará con una fuerza capaz de abrir una dimensionalidad terriblemente atrayente a la mirada; lo hemos observado a nuestro paso, no sólo porque esa figura alucinante se siente a sí misma sino, como tal y no de sí misma, siempre ha logrado crear un diálogo de afectación en el tiempo espacio, atravesando las miradas que lo han intentado capturar a su alrededor, para así, aparecer en ese trastorno mutuo que se genera ante su posición, y lograr toda una inconsciente existencia donde, la mayoría de las veces se esparce el lado oculto de un sí mismo, alejado y opuesto al otro, como un respiro frente a esa evidente discontinuidad de la normalidad.
Un día me cuestionará la consciencia ¿Estás loco? y cuando lo haga, diré que alguna vez pero, fuera de ello, en esta captación temporal de la consciencia transmitiva, circunscrita y ordenada así misma de la que hablo, sólo se virtualizará en la figuración frente a nuestros ojos, cuando realmente logre crear una fractura psíquica donde aparezca el reflejo desnudo de la inconsciencia, esa máscara del rostro propio que lo hace huir un paso más allá, de nosotros, y no de él mismo, para así mantenernos ocultos en nuestro escondite, o en al menos uno de estos dos opuestos, ``el que es visto por el que ve´´ --prólogo antepuesto a la obra de Cervantes--, o aparecer dentro de ese discurso, en algunos casos sólo paliativo, para tratar de cerrarle el paso una vez más, sin dejarlo escapar de puerta en puerta y así, mantenerlo observado, ante nosotros, en esa dualidad necesaria entre uno y otro.
Apartados ambos ya de esta figuración, y compadecidos entre las sombras, aquél ``Caballero de la triste figura´´ --creado por Cervantes—, desaparecerá una y otra vez, como algún otro en las calles, para regresar a la oscuridad casi siempre cegadora y colectiva de la consciencia reaccionando, y así, tiempo después aparecer en algún otro punto de contacto, sea en la ``Odisea’’ de algún regreso hacia nosotros mismos, en la charla teletransmitiva, en la naturaleza de la tele-afectación del habla o la lectura, o en la esquina del espacio donde cohabitamos. Ya estabilizado todo ello, sea loca la aventura de encontrarnos cara a cara frente a la personificación de este significante, en la soledad de la búsqueda, del encuentro y retorno, como aquel ``Ulises mítico’’ que se creó en la recreación de la propia palabra, y que por más oposicional de sí mismo, y en su equidistante dimensión de esta breve interpretación, sería un loco al tratar de negarlo a sí mismo.
Por todo esto y lo que no intentaré exponer a través de estas palabras, intento mostrarme capturado por la impresión de que en cualquier instante en el que se le encuentre encantado, sea que nos hagamos o juguemos a hacerle al loco, por distante o cercano que se presente, se logra captar que cuando nos desenmascara frente a nuestro propio espejo, el otro, cuerdo según la posición desde donde se vea, encontraremos la lúcida burla y la irracional afectación del mismo lado, nuevamente ese eco, esa pose en donde se puede ver la auto formación de la figura, delgada y decadente, del pensamiento mismo siendo delineado por el espacio-tiempo.
Algo de esta figuración, del Quijote, Don Quijana, del Ulises o alguien indefinido, quizás el yo como lector, recreará una vez más así mismo el signo para renacer transformado en el ``Caballero de los Leones´´, al contar esta bi-temporalidad del pasado temporalmente disparatado, donde sumergidos sus circunavegantes, en contacto con la acción de su lectura, hacia el acto mismo de sí y actuando para él, escaparán del fuego, y junto con sus autores, de la locura del pasado crítico hacia un futuro creado por la reacción de su obra expuesta ante sí.
Este acto de absorción, de sí mismo al sentarse en diversas épocas, transforma la figura del lector en el reflejo, en un destello que encantará el futuro presente para escapar seguro de su auto-aniquilamiento, recreándose de adentro hacia afuera, en el virtualismo real de un espacio-tiempo unificado y viceversa, en la obra que al habitar el ejercicio de la lectura, nos llevará a una de sus sin fin angulasiones o, sobre este ensayo recreado como ejercicio de la imaginación, y que al dibujarse a través de la palabra se sostiene en la re-cre-acción del loco cuerdo. De esta manera quiero decir que algo como una “Odisea” o la locura del “El Quijote”, siempre serán mucho más que esto, terriblemente más, pero fuera de todo ello ha sido algo en lo que me había observado atrapado, en la necesidad de identificar esa captación del encuentro, espaciado en esta fuerza de atracción hacia el acto de un mundo que llegó a desunificar mi palabra en el ejercicio de su literatureidad… a seguir estos pasos.
Hugo Ramírez Rosales.